1929-1932: Capítulo 10. El nuevo Poder, de la Historia de la Revolución Rusa.
(viene de pg. anterior)
Pero nos hemos olvidado de nombrar al primer ministro, sin duda
por hacer lo que hacía todo el mundo en los momentos más
serios de su breve reinado. El 2 de marzo, Miliukov, al presentar
al nuevo ministro en la sesión del palacio de Táurida,
dijo que el príncipe Lvov era "la encarnación
de la opinión pública rusa, perseguida por el régimen
zarista". Más tarde, en su Historia de la revolución,
observa prudentemente que fue puesto al frente del gobierno el
príncipe Lvov, "poco conocido personalmente de la
mayoría de los diputados que formaban el Comité
provisional". El historiador intenta eximir aquí al
político de responsabilidad por elección. En realidad,
el príncipe formaba parte, desde hacía tiempo, del
partido kadete, figurando en su ala derecha. Después de
la disolución de la primera Duma, en la famosa reunión
de diputados celebrada en Viborg, que se dirigió a la población
con el llamamiento ritual del liberalismo ofendido: "No pagar
los impuestos", el príncipe Lvov, que estaba presente,
no firmó el manifiesto. Nabokov recuerda que, al volver
de Viborg, el príncipe cayó enfermo, con la particularidad
que la enfermedad "se atribuía al estado de agitación
en que se hallaba". Por lo visto, el príncipe no había
nacido para las emociones revolucionarias. El príncipe
Lvov, a pesar de ser extremadamente moderado, en todas las organizaciones
dirigidas por él toleraba, por obra sin duda de una indiferencia
política que parecía amplitud de espíritu,
a un gran número de intelectuales de izquierda, de ex-revolucionarios,
de socialistas patriotas que habían esquivado la guerra,
elementos que no trabajaban peor que los funcionarios, no robaban
y al mismo tiempo creaban al príncipe algo parecido a la
popularidad. La existencia de un príncipe ricacho y liberal
imponía al buen burgués. Por eso, ya bajo el zar,
se había pensado en el príncipe Lvov como primer
ministro. Si resumimos todo lo dicho, habrá que reconocer
que el jefe del gobierno de la revolución de Febrero representaba
un sitio, aunque brillante, completamente vacío. Rodzianko
era, desde luego, más solemne.
La historia legendaria del Estado ruso empieza con un relato de
la crónica según el cual los embajadores de las
tribus eslavas se dirigieron a los príncipes escandinavos
con este ruego: "Venid a poseernos y gobernarnos." Los
desdichados representantes de la democracia socialista convirtieron
la leyenda histórica en realidad, pero no en el siglo IX
precisamente, sino en el XX, con la diferencia de que ellos se
dirigieron, no a los príncipes ultramarinos, sino a los
del interior del país. Y he aquí cómo, por
obra y gracia de la insurrección victoriosa de los obreros
y soldados, subían al poder unos cuantos vulgares terratenientes
e industriales riquísimos y algunos diletantes políticos
sin programa, con un príncipe poco amigo de emociones a
la cabeza.
La composición del gobierno fue acogida con satisfacción
en las Embajadas aliadas, en los salones burgueses y burocráticos
y en los sectores más vastos de la burguesía media
y, en parte, de la pequeña. El príncipe Lvov, el
octubrista Guchkov, el kadete Miliukov, sólo los nombres
tranquilizaban. Es posible que el nombre de Kerenski hiciera arrugar
el ceño a los aliados, pero no asustaba. Los más
perspicaces lo comprendían: no hay que olvidar que ha habido
una revolución: enganchado a un caballo de tanta confianza
como Miliukov, un potro vivaracho tiene que sernos útil,
por fuerza, en el tiro. Así debía de razonar el
embajador francés Paleologue, que tanto gustaba de las
metáforas rusas.
Entre los obreros y los soldados, la composición del gobierno
suscitó inmediatamente un sentimiento de recelo o , en
el mejor de los casos, de sorda perplejidad. Los nombres de Miliukov
y Guchkov no podían arrancar muestras de aprobación,
precisamente, en la fábrica o en los cuarteles. Se conservan
no pocos testimonios que lo acreditan. El oficial Mstislavski
habla de la sombría inquietud de los soldados ante el hecho
de que el poder hubiera pasado de manos del zar a manos de un
príncipe. ¿Valía la pena haber hecho correr
la sangre para esto? Stankievich, que se contaba entre los íntimos
de Kerenski, recorrió, el 3 de marzo, su batallón
de zapadores, compañía tras compañía,
y recomendó al nuevo gobierno, al que él consideraba
como el mejor de cuantos eran posibles y del cual hablaba con
gran entusiasmo. "Pero en el auditorio se notaba frialdad."
Sólo cuando el orador mentó a Kerenski, los soldados
"manifestaron ruidosamente una verdadera satisfacción".
La opinión de la pequeña burguesía de la
capital había convertido ya a Kerenski en el héroe
central de la revolución. Los soldados, en mucho mayor
grado que los obreros, se obstinaban en ver en Kerenski el contrapeso
del gobierno burgués; lo único que no comprendían
era por qué figuraba solo en él. Pero no; Kerenski
no era un contrapeso, sino un complemento, una cubierta, un adorno,
y defendía los mismos intereses que Miliuko, sólo
que a la luz del magnesio.
¿Cuál era la constitución real del país,
una vez instaurado el nuevo Poder?
La reacción monárquica se escondió por los
rincones. Cuando aparecieron las primeras aguas del diluvio, los
propietarios de todas las clases y tendencias se agruparon bajo
la bandera del partido kadete, el cual se lanzó inmediatamente
a la palestra como el único partido no socialista, y al
propio tiempo, de extrema derecha.
Las masas se fueron todas con los socialistas, a los que identificaban
en su fuero interno con los soviets. No sólo los obreros
y los soldados de las enormes guarniciones del interior, sino
toda la masa heterogénea de pequeñas gentes de la
ciudad, artesanos, vendedores ambulantes, pequeños funcionarios,
cocheros, porteros, criados, eran hostiles al gobierno provisional
y buscaban un poder más allegado a ellos y más accesible.
Cada día era mayor el número de campesinos que acudía
de las aldeas y se presentaba en el palacio de Táurida.
Las masas se derramaban en los soviets como si entrasen por la
puerta triunfal de la revolución. Todo lo que quedaba fuera
de las fronteras del Soviet diríase que quedaba al margen
de la revolución y que pertenecía a otro mundo.
Y así era, en realidad: al margen de los soviets quedaba
el mundo de los propietarios, revestido ahora de un color rosa
grisáceo que le servía de contradefensiva.
No toda la masa trabajadora eligió sus soviets, pues no
toda ella despertó simultáneamente, ni todos los
sectores de los oprimidos se atrevieron a creer inmediatamente
que la revolución tocaba también a sus intereses.
En la conciencia de muchos flotaba tan sólo una vaga esperanza.
Por los soviets sentíanse atraídos los elementos
más activos que había en las masas, y sabido es
que en los períodos revolucionarios la actividad es lo
que triunfa; por eso, al crecer de día en día la
actividad de las masas, el fundamento de sustentación de
los soviets se ensanchaba constantemente. Era la única
base real sobre la que se cimentaba la revolución.
En el palacio de Táurida convivían dos mundos: la
Duma y el Soviet. En un principio, el Comité ejecutivo
estaba instalado en unos despachos estrechos, por los cuales rodaba
una avalancha humana ininterrumpida. Los diputados de la Duma
intentaban sentirse amos en sus locales lujosos. Pero pronto sus
mamparas se vieron arrastradas por el desbordamiento de la revolución.
A pesar de toda la indecisión de sus directores, el Soviet
se dilataba inexorablemente, mientras que la Duma iba quedando
arrinconada en el zaguán del edificio. La nueva correlación
de fuerzas iba abriéndose paso por todas partes.
Los diputados, en el palacio de Táurida; los oficiales
en sus regimientos; los jefes, en sus Estados Mayores; los directores
y los administradores, en las fábricas, en los ferrocarriles,
en el telégrafo; los terratenientes o los administradores
en las fincas; todos se sentían, en los primeros días
de la revolución, cohibidos por la mirada escrutadora y
recelosa de la masa. A los ojos de ésta el Soviet era la
expresión organizada de su desconfianza hacia todos los
que la oprimían. Los cajistas vigilaban celosamente el
texto de los artículos que componían; los ferroviarios
no perdían de vista los trenes militares que circulaban
por sus redes; los telegrafistas interpretaban ahora de un modo
nuevo el texto de los telegramas; los soldados se miraban unos
a otros, a cada movimiento sospechoso del oficial; los obreros
arrojaban de la fábrica al capataz reaccionario y vigilaban
al director liberal. La Duma, desde las primeras horas, y el gobierno
provisional, desde los primeros días de la revolución,
se convirtieron en el centro adonde afluían las lamentaciones
de las clases poseedoras, sus protestas contra los "excesos"
de las "turbas", sus nostálgicas observaciones
y sus presentimientos sombríos.
"Sin la burguesía no podremos dominar el aparato del
Estado", razonaba el pequeño burgués socialista,
echando una tímida ojeada a los edificios oficiales, desde
donde atalayaba, con los ojos en blanco, el esqueleto del viejo
Estado. Procuró hallarse salida al atolladero encajando
como se pudo en el aparato burocrático, decapitado por
la revolución, una cabeza liberal. Los nuevos ministros
tomaron posesión de los ministerios zaristas; se hicieron
cargo de las máquinas de escribir, de los teléfonos,
de los ujieres, de las taquígrafas y de los funcionarios;
pero cada día que pasaba les convencía de que aquella
máquina trabajaba en el vacío.
Kerenski recordaba, andando el tiempo, que el gobierno provisional
había tomado "en sus manos el poder al tercer día
de la anarquía rusa, cuando en toda la superficie del país
no sólo no existía ningún poder, sino que
textualmente no quedaba ni un solo guardia". Para él
no existían, por lo visto, los soviets de diputados, obreros
y soldados, que acaudillaban a masas de muchos millones de hombres;
al parecer, según él, no eran más que uno
de tantos elementos de anarquía. Para caracterizar el desamparo
del país, cita la desaparición de los gendarmes.
En esta confesión del más izquierdista de los ministros
se halla la clave de toda la política del gobierno provisional.
Por disposición del príncipe Lvov, los cargos de
gobernador fueron ocupados por los presidentes de las administraciones
de los zemstvos provinciales, que no se distinguían gran
cosa de sus antecesores los gobernadores zaristas. muchas veces
eran terratenientes semifeudales, que veían jacobinos hasta
en los gobernadores. Al frente de los distritos fueron colocados
los presidentes de los zemstvos correspondientes. Los pueblos
podían reconocer a sus viejos enemigos enmascarados bajo
los nombres flamantes de "comisarios". "Son los
mismos curas de antaño, con la diferencia de que llevan
unos nombres más sonoros", como dijo, en otros tiempos,
Milton, aludiendo a la tímida reforma de los presbiterianos.
Los comisarios provinciales y de distrito tomaron posesión
de las máquinas de escribir, de los escribientes y funcionarios,
de los gobernadores y jefes de policía, y pronto pudieron
persuadirse de que no se les había legado ningún
poder. En las provincias y distritos, la vida se concentraba en
torno a los soviets. La dualidad de poderes hacíase extensiva,
por tanto, a todo el país. Sólo que en los organismos
inferiores los dirigentes soviéticos, socialrevolucionarios
y mencheviques también, aunque más candorosos, no
siempre se desentendían del poder que les ponía
en las manos la situación. Resultado de esto era que la
situación de los comisarios provinciales consistiese principalmente
en lamentarse de la completa imposibilidad de poner por obra sus
atribuciones.
Al día siguiente de constituirse el ministerio liberal,
la burguesía tuvo la sensación, no de que había
adquirido el poder, sino, por el contrario, de que lo había
perdido. A pesar de la escandalosa arbitrariedad de la pandilla
de Rasputin, el poder efectivo de ésta tenía un
carácter limitado. La influencia de la burguesía
en los asuntos del Estado era inmensa. La misma participación
de Rusia en la guerra había sido mucho más obra
de la burguesía que de la monarquía. Y, sobre todo,
el régimen zarista garantizaba a los propietarios la posesión
de sus fábricas, de sus tierras, bancos, casas, periódicos,
etc., y, por tanto, en sustancia, virtualmente, eran ellos los
que estaban en el poder. La revolución de Febrero modificó
la situación en dos sentidos contradictorios: a la par
que entregaba solemnemente a la burguesía los atributos
exteriores del poder, le despojaba de aquella sustancia de poder
real y efectivo de que gozaba antes de la revolución. Los
que ayer eran funcionarios de la asociación de los zemstvos,
en la cual mandaba el amo, el príncipe Lvov, y del Comité
industrial de guerra, donde mandaba Guchkov, se convertían,
bajo el nombre de socialrevolucionarios y mencheviques, en dueños
de la situación en el país y en el frente, en la
ciudad y en el campo; nombraban ministros a Lvov y Guchkov, pero
poniéndoles condiciones, lo mismo que si los tomaran como
empleados.
Por otra parte, el Comité ejecutivo, después de
crear el gobierno burgués, no se decidía a declarar,
como el dios bíblico, que su obra era buena. Por el contrario,
se apresuró a ahondar el abismo que mediaba entre él
y la obra de sus manos, declarando que sólo apoyaría
al nuevo poder en tanto que éste sirviera fielmente a la
revolución democrática, el gobierno provisional
comprendía perfectamente que no podría sostenerse
ni una hora sin el apoyo de la democracia oficial; pero este apoyo
sólo se le prometió si se portaba bien, es decir,
si daba satisfacción a fines que le eran extraños
y cuya realización la propia democracia había rehuido.
El gobierno no sabía nunca dentro de qué límites
podía ejercer aquel poder, que había adquirido casi
de contrabando. Los dirigentes del Comité ejecutivo no
siempre se lo podían decir de antemano, por la sencilla
razón de que a ellos mismos les era difícil adivinar
en qué punto brotaría el descontento dentro de su
propia órbita, como reflejo del descontento de las masas.
La burguesía simulaba creer que los socialistas la habían
engañado. Éstos, a su vez, temían que con
sus pretensiones prematuras los liberales soliviantaran a las
masas, complicando con ello una situación que ya de suyo
no tenía nada de fácil. La frase "apoyar en
tanto que" era una fórmula inequívoca que imprimió
su sello a todo el período anterior a octubre, y se convirtió
en la fórmula jurídica que daba expresión
a la falsía interna que informaba aquel régimen
híbrido de la revolución de Febrero.
Para ejercer presión sobre el gobierno, el Comité
ejecutivo eligió una comisión especial, a la que
dio el nombre cortés pero ridículo de Comisión
"de enlace". Como se ve, la organización del
poder revolucionario se basaba oficialmente en el principio de
la recíproca persuasión. El escritor místico
Merejkovski no pudo encontrar precedente para este régimen
más que en el Antiguo Testamento, en los profetas que tenían
junto a sí los reyes de Israel. Pero los profetas bíblicos,
lo mismo que el profeta del último Romanov, recibían
la inspiración directamente del cielo y no se atrevían
a contradecir a los reyes, con lo cual quedaba garantizada la
unidad del poder. No ocurría así, ni mucho menos,
con respecto a los profetas del Soviet, que sólo hablaban
inspirados por su propia limitación. Los ministros liberales
consideraban que del Soviet no podía salir nada bueno.
Cheidse, Skobelev, Sujánov y otros iban a ver al gobierno
y le anegaban en su verborrea para persuadirle de que cediera;
los ministros se oponían a ello. Los delegados volvían
al Comité ejecutivo y ejercían presión sobre
él, valiéndose de la autoridad del gobierno. Poníanse
nuevamente en contacto con los ministros, y volvían a empezar
por el principio. Y este complicado molino rodaba y rodaba, sin
molienda.
En la Comisión de enlace todo el mundo era a lamentarse.
Guchkov, sobre todo, lamentábase ante los demócratas
de los desórdenes provocados en el ejército por
la tolerancia del Soviet. A veces, el ministro de la Guerra de
la revolución "vertía literalmente lágrimas,
o, por lo menos, se limpiaba tenazmente los ojos con el pañuelo".
Por lo visto, el ministro suponía, no sin fundamento, que
la principal función de los profetas consiste en enjugar
las lágrimas de los ungidos.
El 9 de marzo el general Alexéiev, que se hallaba al frente
del cuartel general, telegrafió al ministro de la Guerra:
"Pronto seremos esclavos de los alemanes, si seguimos mostrándonos
indulgentes con el Soviet." Guchkov le contestó, en
tono lacrimoso: "Por desgracia, el gobierno no dispone de
poder efectivo; las tropas, los ferrocarriles, el telégrafo,
todo está en manos del Soviet, y puede afirmarse que el
gobierno provisional sólo existe en la medida en que el
Soviet permite que exista."
Transcurrían las semanas, y la situación no mejoraba
en lo más mínimo. Cuando a principios de abril,
el gobierno provisional envió al frente una delegación
de diputados de la Duma, les indicó, rechinando los dientes,
la necesidad de que no exteriorizaran sus disparidades de criterio
con los delegados del Soviet. Los diputados liberales tuvieron,
durante todo el viaje, la sensación de que iban custodiados,
no dándose cuenta de que, sin ello, a pesar de las elevadas
atribuciones de que estaban revestidos, no sólo no hubieran
podido presentarse delante de los soldados, sino que ni siquiera
hubieran encontrado sitio en el tren. Este detalle prosaico, consignado
en las Memorias del príncipe Mansiriev, completa
magníficamente la correspondencia mantenida entre Guchkov
y el cuartel general acerca de la esencia de la constitución
de Febrero.
Uno de los ingenios reaccionarios caracterizaba, no sin su causa
y razón, la situación del siguiente modo: "El
viejo régimen está encerrado en la fortaleza de
Pedro y Pablo; el nuevo, sometido a arresto domiciliario."
Pero ¿es que acaso el gobierno provisional no tenía
más apoyo que el sostén, muy equívoco como
se ha visto, de los dirigentes de los soviets? ¿Dónde
se habían metido las clases poseedoras? La pregunta es
fundada. Las clases poseedoras, ligadas por su pasado con la monarquía,
se apresuraron, después de la revolución, a reajustarse
en torno al nuevo eje. El Consejo de la Industria y el Comercio,
que representaba al capital unificado de todo el país,
se inclinaba ya el 12 de marzo ante el acto de la Duma, poniéndose
"por entero a la disposición" de ésta.
Las Dumas municipales y los zemstvos siguieron el mismo camino.
El 10 de marzo, hasta el mismo Consejo de la Nobleza Unida, punto
de apoyo del trono, invitaba a todos los rusos, en un lenguaje
de patética cobardía, a "agruparse alrededor
del gobierno provisional como único poder legítimo
de Rusia". Casi simultáneamente con esto, las instituciones
y los órganos de las clases poseedoras empezaron a condenar
la dualidad de poderes, haciendo recaer, en un principio cautelosamente
y después con más audacia, sobre los soviets la
responsabilidad por los desórdenes. A los patronos siguieron
los altos empleados, las profesiones liberales, los funcionarios
del Estado. Del ejército llovían también
telegramas, mensajes y resoluciones del mismo carácter
fabricado por los estados mayores. La prensa liberal abrió
una campaña en "favor del poder único",
campaña que en los meses siguientes adquirió un
carácter de fuego graneado contra los jefes de los soviets.
En conjunto, la cosa iba tomando un aspecto bastante imponente.
El gran número de instituciones, los nombres conocidos,
los acuerdos, los artículos, la decisión del tono,
todo contribuía a ejercer una influencia infalible en los
impresionables directores del Comité ejecutivo. Sin embargo,
detrás de este desfile amenazador de las clases poseedoras
no había ninguna fuerza seria. ¿Y la fuerza de la
propiedad?, objetaban a los bolcheviques los socialistas pequeño
burgueses. La propiedad es una relación entre personas,
representa una fuerza inmensa, reconocida generalmente desde tiempos
remotos y que se halla sostenida por un sistema de coacción
llamado Derecho y Estado. Pero precisamente la esencia de la situación
consistía en que el viejo Estado se había derrumbado
de golpe y las masas habían trazado sobre el viejo derecho
en bloque un inmenso signo de interrogación. En las fábricas,
los obreros se sentían cada día más los amos,
y los patronos, unos huéspedes indeseables. Aún
menos seguros se sentían los terratenientes en las aldeas,
frente a frente con los campesinos ceñudos, que les odiaban
a muerte; lejos del poder en cuya existencia, visto de lejos,
habían crecido en un principio. Pero unos propietarios
privados de la posibilidad de disponer de sus bienes y aun de
vigilarlos, dejaban de ser verdaderos propietarios para convertirse
en unos ciudadanos atemorizados que no podían prestar ningún
apoyo a su gobierno, porque ellos mismos estaban harto necesitados
de ayuda. No tardaron en maldecir al gobierno por su debilidad,
pero al maldecir al gobierno no hacían más que maldecir
su propio destino.
Entre tanto, la acción conjunta del Comité ejecutivo
y del ministerio parecía asignarse como fin demostrar que
el arte de gobernar durante la revolución consiste en dejar
pasar el tiempo hablando sin tasa. En los liberales, era un cálculo
consciente, pues estaban firmemente convencidos de que todas las
cuestiones exigían un aplazamiento, con una sola excepción,
la única que consideraban inaplazable: el juramento de
fidelidad a la Entente.
Miliukov comunicó a sus colegas los tratados secretos.
Kerenski se hizo el sordo. Al parecer, sólo el procurador
del Santo Sínodo, Lvov, rico en sorpresas, de apellido
igual al del primer ministro, pero que no era príncipe,
manifestó ruidosamente su indignación, llegando
hasta calificar los tratados de "obra de bandidos y ladrones",
con lo cual provocaría, ineludiblemente, una sonrisa indulgente
de Miliukov ("la gente es tonta") y la proposición
de pasar sin más a la orden del día. La declaración
oficial del gobierno prometía convocar elecciones para
la Asamblea constituyente en un brevísimo plazo, que, sin
embargo, y deliberadamente, no se señalaba. No se decía
nada de la forma de Estado: el gobierno no tenía aún
la esperanza de volver a la monarquía, al paraíso
perdido. Pero la esencia real de la declaración consistía
en el compromiso de continuar la guerra hasta el triunfo final
y "cumplir, sin apartarse ellos en un punto, los compromisos
contraídos con los aliados". Ante este problema, el
más grave e inminente para el pueblo ruso, la revolución
no se había hecho, por lo visto, más que para declarar:
las cosas seguirán como hasta aquí. Y como los demócratas
daban al reconocimiento del nuevo poder por parte de la Entente
una significación mística -ya se sabe que el pequeño
tendero no es nada mientras el banco no le abra crédito-,
el Comité ejecutivo se tragó sin decir una palabra
la declaración imperialista del 6 de marzo. "Ningún
órgano oficial de la democracia -decía Sujánov
un año depués- reaccionó públicamente
ante aquel acto del gobierno provisional, que deshonraba ante
la Europa democrática a nuestra revolución, en el
momento de nacer."
Finalmente, el 8 salió del laboratorio ministerial el decreto
de amnistía. En aquel momento, las puertas de las cárceles
habían sido abiertas ya en todo el país por el pueblo,
y los deportados políticos regresaban de la deportación
entre una avalancha de mítines de entusiasmo, de músicas
militares, de discursos y de flores. El decreto resonaba como
un eco retrasado de la realidad en las covachuelas. El 12 fue
proclamada la abolición de la pena de muerte. Cuatro meses
después, era restablecida para los soldados. Kerenski había
prometido colocar la justicia a una altura nunca vista. En un
principio, bajo el primer impulso, hizo que se aprobase, efectivamente,
la proposición hecha por el Comité ejecutivo de
incorporar a los tribunales de justicia representantes de los
obreros y soldados. Era la única medida en que se sentían
los latidos de la revolución, y se explica, por tanto,
que hiciese estremecerse de horror a todos los eunucos de la justicia.
Pero las cosas no pasaron de aquí. El abogado Demiánov,
que era también "socialista" y que, bajo Kerenski,
ocupó un sitio preeminente en el ministerio, decidió,
según sus propias palabras, respetar el principio de dejar
en sus cargos a todos los funcionarios anteriores: "La política
del gobierno revolucionario no debe lesionar a nadie sin necesidad."
Era, en esencia la norma que seguía todo el gobierno provisional,
que a nada temía tanto como a lesionar a los elementos
de las clases dominantes, sin excluir, naturalmente, a la burocracia
zarista. No sólo permanecieron en sus puestos los jueces,
sino también los fiscales del zarismo. Claro está
que las masas podían ofenderse, pero esto era ya de la
competencia de los soviets: las masas no entraban en el campo
visual del gobierno.
Sólo el procurador Lvov, a cuyo temperamento hemos aludido
ya más arriba, hizo soplar algo parecido a una racha de
aire fresco al hablar oficialmente de los "idiotas y bribones"
que se albergaban en el Santo Sínodo. Los ministros escucharon,
no sin cierta inquietud, aquellos jugosos epítetos, pero
el Sínodo siguió siendo lo que era: una institución
gubernamental, y la religión ortodoxa la religión
del Estado. Se conservó incluso la composición del
Sínodo: la revolución no debía disgustarse
inútilmente con nadie.
Seguían reuniéndose, o por lo menos cobrando sus
emolumentos, los miembros del Consejo de Estado, servidores fieles
de dos o tres zares. Este hecho no tardó en adquirir una
significación simbólica. En las fábricas
y en los cuarteles surgieron ruidosas protestas. El Comité
ejecutivo se emocionó. El gobierno dedicó dos sesiones
a examinar la cuestión del destino y de los emolumentos
de los miembros del Consejo de Estado, sin poder llegar a un acuerdo.
No era cosa de molestar a unas personas tan simpáticas,
entre las cuales figuraban, además, muchos buenos amigos.
Los ministros de Rasputin seguían recluidos en la fortaleza,
pero el gobierno provisional había asignado ya una pensión
a los ex-ministros. ¿Era una burla o una voz de ultratumba?
No, nada de eso. Era que el gobierno no quería disgustarse
con sus antecesores aunque estuvieran recluidos en la cárcel.
Los senadores seguían dormitando, embutidos en sus uniformes
galoneados, y cuando el senador de izquierda Sokolov, a quien
acababa de nombrar Kerenski, se atrevió a presentarse de
levita negra, le hicieron sencillamente salir de la sala de sesiones:
los senadores zaristas no temieron disgustarse con la revolución
de Febrero cuando se persuadieron de que el gobierno salido de
ella no tenía uñas ni dientes.
Marx consideraba que la causa del fracaso de la revolución
de marzo en Alemania residía en el hecho de que "había
reformado únicamente las altas esferas del poder, dejando
intactos todos los sectores que se hallaban por debajo: la vieja
burocracia, el viejo ejército, los viejos jueces, que habían
nacido, se habían educado y encanecido al servicio del
absolutismo. Los socialistas de tipo Kerenski buscaban la salvación
en lo que Marx consideraba como la causa del fracaso. Los marxistas
mencheviques comulgaban en Kerenski y no en Marx.
La única materia en que el gobierno manifestó iniciativa
y rapidez revolucionaria fue la legislación sobre sociedades
anónimas: el decreto de reforma se publicó ya el
17 de marzo. Las diferencias de raza y de religión no fueron
abolidas hasta tres días después. Es posible que
en el gobierno se sentaran algunos ministros a quienes el antiguo
régimen no hiciera sufrir acaso más deficiencias
que las de la legislación sobre las sociedades por acciones.
Los obreros exigían con impaciencia la jornada de ocho
horas. El gobierno se hacía el sordo. Estábamos
en tiempos de guerra, y todo el mundo tenía que sacrificarse
en aras de la patria. El Soviet se encargaría de tranquilizar
a los obreros.
En términos más amenazadores se planteaba la cuestión
de la tierra. Aquí era necesario hacer algo, por poco que
fuera. Estimulado por los profetas, el ministro de Agricultura,
Chingarev, dio orden de que se creasen Comités agrarios
locales, cuyos fines y funciones se guardaba cautamente de definir.
Los campesinos se figuraban que estos Comités iban a darles
la tierra. Los terratenientes entendían que su misión
era proteger sus propiedades. Así fue arrollándose
al cuello del régimen de febrero, desde un principio, el
dogal campesino, más inexorable que ningún otro.
La fórmula oficial era que todas las dificultades engendradas
por la revolución se aplazaban hasta la Asamblea constituyente.
¿Acaso podían sustraerse a los mandatos de la voluntad
nacional estos demócratas constitucionales irreprochables,
que, con gran pesar suyo, no habían logrado montar a horcajadas
sobre esa voluntad nacional soberana al duque Mijail Romanov?
Los preparativos para la futura representación nacional
iban desarrollándose con una pesadez burocrática
tan enorme y una lentitud tal -deliberada naturalmente-, que la
Asamblea constituyente se convertía de proyecto en espejismo.
Sólo el 25 de marzo, casi un mes después de la revolución
-y un mes es un gran espacio de tiempo en períodos revolucionarios-,
el gobierno decidió crear una Comisión especial
encargada de redactar el texto de la ley electoral. Pero esta
Comisión no llegó a funcionar. En su Historia
de la revolución, falseada hasta la médula,
Miliukov dice que, como resultado de distintos aplazamientos,
"la Comisión especial nombrada bajo el primer gobierno
no pudo inaugurar sus tareas". Los aplazamientos formaban
parte de la misión de dicho organismo y de sus deberes.
Su cometido no era otro que dilatar la Asamblea constituyente
hasta tiempos mejores: hasta la victoria, la paz o las calendas
de Kornilov.
La burguesía rusa, que vino al mundo demasiado tarde, odiaba mortalmente a la revolución. Pero este odio era un odio impotente. Veíase reducida a esperar y maniobrar. Imposibilitada como estaba de debilitar y estrangular la revolución, la burguesía confiaba vencerla por agotamiento.
Capítulo 11. La dualidad de poderes